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Una madre perfecta sabe perfectamente que no hay madres perfectas.

Una madre perfecta se da cuenta de que no hay hijos perfectos. Una madre perfecta sabe que poner límites y hacer que se respeten es un acto de amor. Una madre perfecta sabe que hay amores que matan y por eso prefiere, mil veces más, proteger que sobreproteger. Una madre perfecta aprende a confiar en sus capacidades para educar y en las capacidades del hijo para aprender. Una madre perfecta aprende a aceptar sus limitaciones y sus errores y aprende de la experiencia.

Una madre perfecta sabe que la teoría es muy bonita y fácil de entender y que la realidad es algo muy distinto. Una madre perfecta asume la educación del hijo como un reto y no como un problema. Una madre perfecta sabe que la solución a los problemas con su hijo está dentro suyo y no fuera. Una madre perfecta sufre estrés, dudas, frustraciones e incluso angustia. Una madre perfecta consuela a su hijo cuando sufre y le da esperanzas de un futuro mejor.

Una madre perfecta sabe ser contundente, flexible y tierna al mismo tiempo. Una madre perfecta sabe aceptar un «no sé» por respuesta. Una madre perfecta sabe que la educación es una combinación de paciencia, exigencia y ternura. Una madre perfecta sabe que tiene sus razones cuando le pide algo al hijo, pero también sabe que él tiene las suyas. Una madre perfecta lee estas ideas con sentido crítico, adaptando, refutando y cuestionando lo que convenga según su experiencia, sensibilidad e inteligencia.

Una madre perfecta acepta que no es perfecta, tampoco pretende serlo. El viernes, el sábado o el domingo encarga una pizza e invita a su hijo al sofá a ver una película. Una madre perfecta sabe que la televisión no tiene la culpa de nada. Una madre perfecta sabe que la escuela es un valioso recurso educativo para el hijo y no es ni más ni menos que eso (¡que ya es bastante!). Una madre perfecta sabe que hay cosas que no puede delegar en nadie.

Una madre perfecta da a su hijo herramientas para que sea un adulto sano y con fuerzas para vivir. Una madre perfecta no esconde su tristeza, su cansancio, su decepción y su enfado, pero tampoco hace una exhibición dramática de todo ello. Una madre perfecta sabe que comparte las dificultades y la angustia con el resto de las madres del mundo. Una madre perfecta sabe que no existen soluciones mágicas. Una madre perfecta sabe que la solución a los problemas con su hijo está dentro suyo y no fuera. Una madre perfecta no espera que nadie le diga qué tiene que hacer, pero a veces busca y acepta consejos. Una madre perfecta sabe que debe encontrar tiempo para reflexionar y compartir dudas y preguntas con otros adultos.

Una madre perfecta sabe diferenciar sus necesidades de las necesidades de su hijo. Una madre perfecta sabe que no puede contentar a todo el mundo: marido, hijo, madre, abuela, hermanos, etc. Una madre perfecta aprende a desconectarse de la vida familiar y de los hijos. Una madre perfecta aprende a encontrar un espacio para sí misma, sale a bailar, al cine, escucha música, toma tiempo para los amigos y procura materializar, ahora y no mañana, sus anhelos más íntimos. Y se esfuerza por no sentirse culpable por todo ello.